Prefiero ser la cabeza de un ratón antes que la cola de un león…

LibrosAsí es. Es infinitamente preferible ser la cabeza orgullosa y digna de un pequeño ratón, a la dócil cola de un gran león –por supuesto, hablando en términos metafóricos, ya que tanto la cabeza como la cola de cualquier animal son igual de dignas–.

Esto recuerda un poco aquella frase un tanto altiva de Cayo Julio César: «Prefiero ser el primero en una aldea que el segundo en Roma». Aunque en realidad no se trata de ser tan soberbio ni tan engreído, sino más bien de ser digno, de respetarse a uno mismo. Es enormemente preferible ganarse un humilde bocado de pan con el sudor de nuestra frente, a tener que andar adulando a cualquier poderoso para comer las migajas que caen de su suntuosa mesa.

A continuación coloco tres cuentos que encontré en la red. Los tres tienen la misma moraleja (la importancia de conservar el autorrespeto), aunque se escenifiquen en tres culturas, regiones y tiempos distintos.


Diógenes

Estaba el filósofo Diógenes cenando lentejas cuando le vio el filósofo Aristipo, que vivía confortablemente a base de adular al rey.

Y le dijo Aristipo: «Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas».

A lo que replicó Diógenes: «Si hubieras tú aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey».

[Tomado del libro El canto del pájaro, del místico y sacerdote católico Anthony de Mello (1931-1987).]


El sufí contra el poder (cuento I)

Había dos hermanos, uno de los cuales estaba al servicio del sultán y otro se ganaba el pan con el sudor de su frente.

El rico le dijo a su hermano: -¿Por qué no entras a formar parte del servicio del sultán y así te librarás de los rigores del trabajo?

Él respondió: -¿Por qué no trabajas tú y te libras de la desgracia de tener que servir a otro?

Los sabios afirman: ‘Es mejor comer pan de cebada y sentarse en el suelo que tener un cinturón de oro y ser un criado’

Es mejor amasar cal con las manos que juntarlas para pedir misericordia a un amo.

Cuántas vidas preciosas se han gastado en: ‘¿Qué comeré en verano? ¿Qué vestiré en invierno?’.

¡Oh, hombre insaciable! Conténtate con una hogaza de pan para que no tengas que inclinar la cabeza en señal de sumisión.

[Cuento de Sâdi de Shiraz, publicado en “El sufí contra el poder” de WebIslam]


Por un cuenco de arroz

Un día, estaba el Samurai Takada comiendo un cuenco de arroz, sentado en el umbral de una casa cualquiera. No había ningún alimento en toda Okinawa más barato que el arroz. Dicho de otra manera, comer arroz significaba que no se pasaba por un buen momento económico.

Pasó un samurai de la corte personal del emperador y le dijo:

-“!Ay, Takada-san! Si aprendieras a ser más sumiso y a adular un poco más al emperador, no tendrías que comer tanto arroz”.

Takada dejó de comer, levantó la vista, y mirando al acaudalado samurai intensamente, contestó:

– “Ay de ti, hermano bushi. Si aprendieras a comer un poco de arroz, no tendrías que ser sumiso y adular tanto al emperador”.

(fuente: El Camino del Ronin)

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